La revelación de Dios como Verbo

Ex. 3:14

Dios no es un ser estático. Su misma naturaleza trinitaria implica un dinamismo, una actividad, que reviste su ser eterno y absoluto. Dios no es mero adjetivo (omnipotente, omnisciente), ni aún menos sustantivo (Dios, el Creador), sino que es acción, es verbo, es actividad, es donación, es amor.

Para Dios, el ser no es algo que se posea, sino lo que Él es.
En las criaturas, la esencia —lo que una cosa es— es distinta de la existencia —el hecho de que sea—.
Pero en Dios no existe esta separación: su esencia es su existir.

Por eso la tradición cristiana lo llama ipsum esse subsistens: la Existencia misma subsistente, el Ser que existe por sí mismo, sin recibir el ser de nadie y sin ser causado por nada.

Este misterio se ilumina aún más cuando Dios revela su nombre a Moisés:
Ehyeh asher Ehyeh (Éxodo 3:14).

La expresión hebrea no describe un sustantivo estático, sino un verbo activo, un Ser siempre en acto:
“Yo soy el que soy”, “Yo seré el que seré”, “Yo soy el que está siendo”.

De ahí que se diga que Dios es verbo eterno, un acto eterno de existir.

Su forma verbal ehyeh, ligada a la raíz causativa (nifal/hiphil en su trasfondo semántico), expresa precisamente que Dios es la causa y fundamento de todo cuanto existe.

Como afirma Colosenses 1:17: “En Él todas las cosas subsisten.”

La creación no es algo que Dios hizo una vez y dejó de lado; es algo que Él sostiene en cada instante.
Si Dios dejara de “Ser siendo”, todo lo creado dejaría de existir. Ciertamente, la voluntad creadora de Dios es fiel y no quiere la destrucción de sus creaturas, sino, al contrario, que vivan en plenitud. Por eso, las sostiene en la existencia, aún en aquellos momentos en que las creaturas olvidan a su creador, dudan y se rebelan.

Por eso podemos afirmar: todo existe, pero sólo Dios hace existir.

Para el hombre, el ser es un don recibido.

Si en Dios el Ser es identidad —no algo que posee, sino lo que Él es—, en el hombre sucede lo contrario: su ser no es propio, es recibido, participado. La creatura no se explica desde sí misma; su existencia apunta siempre más allá de ella misma, hacia Aquél que la origina.

El ser humano descubre, a la luz de la revelación, que:

  • no se creó a sí mismo: su existencia no es auto-originada, sino otorgada por un acto libre y amoroso de Dios;
  • no se sostiene por sí mismo: cada instante es sostenido por el Ser que lo mantiene en la existencia;
  • no puede realizarse por sí mismo: el sentido y la plenitud no brotan de un proyecto autosuficiente, sino del reconocimiento y el encuentro con Aquel que lo llamó a existir.

Por eso, la existencia humana —lejos de ser un esfuerzo aislado por responder a las preguntas esenciales de la vida— se revela como una relación viva y continua con el Ser que la sostiene.
Nuestra identidad más profunda no nace de la introspección ni de la autoafirmación, sino de la pertenencia y la participación: somos porque Dios es, y porque Él, en su libertad y amor, decide comunicarnos su Ser y sus dones y gracias.

Así, la vida humana se comprende en clave de comunión: ser con el Ser.
Participamos del Ser divino no como espectadores distantes, sino como criaturas llamadas a vivir desde Él, en Él y hacia Él. La existencia humana está llamada a una comunión que sólo puede existir si la creatura libre acepta vivir esta experiencia.

De este modo, sólo cuando el hombre se coloca frente al “Yo Soy” puede descubrir el verdadero “yo soy” que se le ha dado.
Su identidad deja de ser una construcción frágil y se convierte en una verdad recibida; su vida deja de oscilar entre búsquedas vacías y se enraíza en una Fuente eterna.

En Dios, el hombre no sólo descubre quién es, sino por qué es y para qué es.
En la luz del Ser se ilumina la existencia entera.